06 August 2014

Bolivia Clásica

Con estas palabras me uno a las celebraciones del 189 aniversario de la fundación de Bolivia. 

En pocas horas más se realizará en el Teatro Municipal de La Paz - escenario de las experiencias musicales más significativas de mi juventud - un concierto en el que se estrenarán mis Arreglos bolivianos. Los interpretará la Orquesta Juvenil de Bolivia Clásica, dirigida por Jaime Laredo. El proyecto es idea y realización de Ana-Maria Vera. Me cuesta creer que no estaré allí para presenciar este acontecimiento, pero, mal que me pese, ésa es la realidad. 

Desde hace algún tiempo que conozco por referencias la existencia de Bolivia Clásica. Y desde hace muchos años - por lo menos treinta - conozco a Ana-Maria Vera. La conocí de lejos en la década de los setenta, siendo ella solista muy precoz con la Orquesta Sinfónica Nacional. En aquella época hubo varias visitas de ella a La Paz, causando admiración general, pero yo nunca tuve contacto directo con ella. Con el paso de los años y décadas he seguido las noticias de su floreciente carrera con interés. 

En los últimos años, a raíz de su trabajo con Bolivia Clásica, mi interés en Vera se fue acrecentando. La noticia de que ahora residía en Londres me decidió a buscarla, y nos conocimos este año. Pude conversar con ella aquí en el Noreste inglés, cuando vino a tocar un recital con la joven violinista española Leticia Moreno en el Sage Gateshead. Fue una ejecución de altísima calidad, y la breve conversación que tuvimos después me reveló a una persona inteligente, atenta y muy segura de sus objetivos. 

En esa oportunidad Vera me invitó a asistir al lanzamiento británico de Bolivia Clásica, que iba a tener lugar en Londres a los pocos días con el apoyo de la Embajada de Bolivia y nuestro excelente Embajador, Roberto Calzadilla. Conseguí organizar el viaje y pude presenciar su carisma como anfitriona del evento y líder del proyecto. Al mismo tiempo pude constatar otra vez su refinada musicalidad, a través de varias obras de cámara que tocó con colegas suyos que habían ya visitado Bolivia como tutores invitados. En especial me impresionó el Cuarteto con piano de Schumann, del cual tocaron dos movimientos. Además del elegante fluir del piano de Ana-Maria, la participación de la violinista Katharine Gowers me pareció excepcional; me maravilló la expresividad de esta violinista, y su capacidad de prolongar y sostener las líneas melódicas largas e intensas de la obra magistral de Schumann. Ken Aiso en la viola y Guy Johnston en el cello completaron un grupo sorprendentemente sincronizado si se tiene en cuenta que sus miembros no tocan juntos regularmente.

No pasó mucho tiempo antes de que Vera me pidiera que escribiera arreglos de piezas folclóricas bolivianas para su festival de agosto. No puedo negar que me habría gustado más estar representado por una de mis obras, o más de una, pero Vera me explicó su visión para este proyecto y los distintos factores que pesaban sobre el diseño de los programas. No fue difícil entusiasmarme, primero porque el trabajo de Vera me parecía digno de apoyo, segundo porque cualquier proyecto que me mantenga presente en Bolivia es importante para mí, y tercero porque el folclore también es lo mío, mi música. Lo digo no sólo en el sentido lato en el que todo boliviano se siente vinculado a su folclore, sino además por mi relación especial con la música folclórica boliviana. Recordemos que antes de dedicarme a la composición tuve una carrera precoz de charanguista, y que mis primeros escenarios de trabajo fueron las peñas folclóricas.  

Para mayor coincidencia, Vera me pedía arreglos que representaran a La Paz, a Cochabamba y a Santa Cruz, es decir, los tres departamentos en los que se desenvolviera mi vida en Bolivia. De los tres tengo recuerdos indelebles, a los tres están atados mi pasado y, por lo tanto, mi presente, es decir, mi identidad. Los tres son, por razones distintas pero por igual importantes, mi tierra. 

Hubo cierto ir y venir entre Vera y yo, y entre Vera y sus auspiciadores, para convenir la combinación exacta de piezas folclóricas que habíamos de escoger. Hicieron falta negociaciones relativamente prolongadas antes de llegar a un acuerdo que satisficiera a todos. La combinación resultante es lo que ahora llamo Arreglos bolivianos, en el entendido de que hay distintas permutaciones posibles y que no todos los arreglos se programarán en un mismo concierto. 

También tuve que combatir en Newcastle para abrirme un espacio temporal que me permitiera dedicarme a este trabajo dentro del apretado cronograma que teníamos. Cuando por fin pude empezar, salió a relucir Armando Vera como una figura clave del proyecto. En su calidad de director titular de la orquesta, su conocimiento de primera mano de las secciones y sus integrantes me resultó muy valioso, sobre todo por el entusiasmo con que me brindó su consejo.

En Jaime Laredo y su esposa Sharon Robinson me resultaba más fácil no pensar. Me parecía increíble que fuera él el director designado para el proyecto. Cuando me permitía pensarlo, la idea resultaba tan absorbente que me distraía de la labor que tenía entre manos. 

Es difícil medir con palabras el significado de Jaime Laredo para mí, para los bolivianos de mi generación, y quizá para todos los músicos bolivianos. La magnitud de sus logros es una inspiración para todo el que ha nacido en nuestra tierra desaventajada pero ama la música demasiado para no dedicarse a ella. Laredo nos muestra que, en ciertas condiciones, lo imposible puede hacerse posible, y que un oriundo de nuestros páramos puede competir y triunfar en la reñida arena internacional de la música clásica. Para los que tuvimos la suerte de oírlo tocar, su musicalidad estratosférica es una referencia de hasta dónde se puede llegar con talento, dedicación y cultivo.

Aquí también hay una dimensión personal que me toca de cerca. Uno de los amigos y mentores más importantes de mi juventud fue Don Eduardo Laredo, padre de Jaime. A través de Don Eduardo me enteré de una infinidad de detalles de la educación, la lucha y la carrera de Jaime Laredo. En esa época - principios de los setenta - en que era muy difícil obtener cuerdas de violín, Don Eduardo organizó el envío de las cuerdas usadas de Jaime para mi violín. Don Eduardo me inspiró, me alentó y me aconsejó. A él se debe el nombre del Instituto Laredo, y cuando compuse el Himno del Instituto Laredo le dediqué a Don Eduardo frases de gratitud y homenaje. 

Otra figura para mí importantísima es Don Walter Montenegro. Lo conocí en La Paz en 1973, y no tardó en nacer una amistad. No es ésta la ocasión de expandirme sobre esta relación importantísima en mi vida, pero diré que Don Walter y Don Eduardo eran amigos entre ellos, y que Don Walter y Jaime eran amigos entre ellos. Tan amigos que años atrás, en los Estados Unidos, Laredo le había obsequiado a Don Walter su violín de juventud, una copia de Guarnieri. En un momento dado, también en prueba de amistad, y de la generosidad del aliento que Don Walter me brindaba, ese mismo instrumento, en sí no valioso pero de un significado enorme, pasó a mis manos, primero en calidad de préstamo y después, al cabo de años, Don Walter confirmó su deseo de que me quedara con él. Con este violín he recorrido el mundo, he explorado la música, me he ganado la vida en más de un periodo, y con este mismo violín compongo ahora y pruebo los efectos especiales - los armónicos, las dobles cuerdas - antes de escribirlos. 

Más de una vez quise entablar contacto directo con Jaime Laredo, pero las condiciones no se dieron. Hoy las condiciones están dadas para entablar un contacto a través de la música, profundo aunque todavía indirecto.

Al maestro Laredo, a Ana-Maria Vera, a Sharon Robinson, a Armando Vera, a todos los jóvenes de la Orquesta: no necesito desearles éxito porque sé que lo tendrán. Decir que estaré presente con el corazón será una perogrullada, pero es verdad. Por las razones explicadas, este proyecto es muy especial para mí, pero sé que lo es también para todos ustedes. Los felicito y les agradezco por la parte que desempeña cada uno de ustedes. 

06 March 2014

After New York

The Momenta Quartet's performance was impressive indeed.

I greatly admired the commitment and the intensity of their rendition. Each of the four individuals showed command of their part and their role in this challenging piece. The succession of solos in the second movement Plegaria was an opportunity to enjoy the diversity of their personalities and the discipline with which they integrate into a cohesive whole. The finale was an opportunity to appreciate their tightness even in the most frenzied passages. They are a truly professional string quartet, and one of the most thrilling groups I have every worked with.

The audience was appreciative. It included some people I had long known and admired, such as the composer Ezequiel Viñao, and some people I was privileged to meet for the first time, such as the clarinetist Camila Barrientos Ossio. I am grateful for their interest and support.


Photo by Camila Barrientos Ossio

29 January 2014

'Sin tiempo' in New York

The new string quartet has now been performed four times, and today we will hear its New York première.

At yesterday's rehearsal the Momenta Quartet demonstrated the extent of their achievement so far. It is impressive indeed. They play with passion, with commitment and with a determination more than worthy of the topic that gave rise to the music. It is exhilarating to witness such an impassioned display of artistry.

The concert is at HiArt! Gallery in TimeIn, 227 West 29th Street, NYC

22 May 2013

String Quartet No. 2, 'Sin Tiempo'


The Koussevitzky commission is now completed. It took me one and a half years' work – obviously not full-time, since university work only allows a fraction of my week to be spent on composition - but intensive enough. The last few months I had to find additional hours in the day, starting in the very early hours, before the family woke up. Six hours' sleep is not a regime I thrive on, but it was the only way of achieving results.

The Momenta Quartet were very tactful in not applying pressure, even as time went by and the agreed time for a première - autumn 2013 - approached. Now, with any luck, they will be able to prepare the new piece over the summer and release it to the world as scheduled. We do not have a specific performance date as yet.

This is probably a good time to explain some of the background and the nature of the piece.

'Sin tiempo' are the first two words of a longer title: Sin tiempo para las palabras: Teoponte, la otra guerrilla guevarista en Bolivia (No time for words: the other Guevarist guerrilla campaign in Bolivia). That is the title of Gustavo Rodríguez Ostria's monograph on a guerrilla campaign that took place briefly in 1970 at Teoponte, a mining district northeast of La Paz.

Teoponte is also the subject of an eponymous opera of mine, premièred at the London International Opera Festival 1988. Teoponte is not a full-scale operatic display, but a shorter affair, 35 minutes, for six singers and an electroacoustic soundtrack. A digression on this older work may be useful for an understanding of the new piece.

Living as a student in London at the time (1987), I found it beyond my reach to find a suitable collaborator to write the libretto. This did not feel like a severe inconvenience, since, as I researched the topic, I was developing a clear conception of how I wanted to treat the story. Thus came about as a natural development for me to write my own libretto, based as much as was feasible on the historical facts of 1970 - remembered from childhood and more freshly gleaned from the pages of El Diario, La Paz's conservative daily. Miraculously, many of its issues of the relevant period were available on microfilm at London's Colindale Library.

Contemporary sources were scarce. I contacted Isabel Hilton, then Latin American correspondent at The Independent. She was very helpful and pointed me in the direction of James Dunkerley, the author of a well-researched book on Bolivian politics in the relevant period, Rebellion in the Veins: Political Struggle in Bolivia 1952-1982. One paragraph in the book relates to the episode, but I inferred that Dunkerley knew more, so I sought him out. Dunkerley, too, was very helpful. He received me at his office in Queen Mary University of London, with a surprising treat: he opened a packet of Casino, a strong brand of dark tobacco much in favour among Bolivian students and intellectuals. I was not a smoker, but I could neither decline the hospitality nor resist a nostalgic taste of earlier times. Dunkerley explained his take on Teoponte, opening my eyes to aspects I had only been half-aware of, such as, for example, the influence of Liberation Theology on the catholic contingent among the insurrectionists. He kindly lent me his copy of Teoponte, una experiencia guerrillera, a succinct testimonial by the Brazilian priest Hugo Assmann, which I used intensively and returned to Dunkerley by post.

Memories, press, two conversations, one book. Based on these exiguous sources I formed a conception and fashioned a libretto that was simple, pithy and essentially distilled from contemporary speeches, reports and communiques.

Teoponte the opera was performed at the Bloomsbury Theatre, as part of the 1988 London International Opera Festival. The performers were Innererklang Music Theatre, directed by Séan Doran. The reception seemed enthusiastic on the night, but appeared mixed in the press. It was instructive to hear appraisals from colleagues who had attended, including one from Trevor Wishart - whose Anticredos Innererklang had performed in the same programme - who opined that Teoponte showed an excessive closeness of its composer to its subject. 

Wishart’s comment was perceptive, but I am not convinced that it was possible to form an informed opinion on the basis of that performance. I cannot fault Séan Doran or any member of his team; they worked with commitment and artistry in difficult circumstances. It is the circumstances I find fault with: a tight timescale and a breach of understanding between Innererklang and me as to the role of the tape part. They had expected occasional electroacoustic interventions, whereas I presented them with a soundtrack to which they were expected to synchronise from beginning to end.

It had not been my intention to surprise; I simply had not considered any other possibility than a fully developed tape part as a substitute for the orchestra, that is, as a continuous stream of sound, not only supporting and punctuating what the voices did, but also carrying the flow of expression whether the voices were singing or silent. And, it would be disingenuous not to mention it, I delivered the completed tape part to the performers two weeks prior to the première, that is, far too late for them to assimilate it properly.

This is tempting, but I must postpone a detailed description of Teoponte the opera. I will only say that it is set in a folk club, it is in four scenes or tableaux, and its structure – both locally and overall – is based on four chords which happen to be quite common in Bolivian folk music.

I will also say that, back in my very young days as a folk musician in Cochabamba, I knew Benjo Cruz, a charismatic solo singer who was a frequent visitor at the folk club where most of my gigs took place, Peña Ollantay. I greatly admired the intensity if his performances, charged with the energy of his political convictions. I did not fully understand these at the age of eleven, but I was aware, like any Bolivian of any age was, of an ideological struggle between the establishment, broadly associated with right-wing military dictatorships, and a younger front who opposed it and wanted change. I had seen the demos and the riots, I had smelt the tear gas, and I had heard the shots. Both my parents were journalists and news were always table conversation. I was certainly aware of Che Guevara and of the entrenched polarisation in public opinion after his death.

Benjo Cruz sang protest songs. He would first work the crowd with some lively traditional repertoire, and then he would hit them with a thinly veiled political message in the form of a song or a recitation. The folk club – Peña Ollantay – was a popular weekend entertainment, and it was well attended by a cross-section of the population, including the well-heeled. Benjo would not temper his message if there was a public official or dignitary in the audience. This added to the electricity in the atmosphere of his performances, and yet I never witnessed any unpleasantness.

What could not escape my or anybody’s notice was that a new guerrilla campaign had begun. ELN (Ejército de Liberación Nacional) had made good a promise made on the death of Che Guevara: volveremos a las montañas (we shall return to the mountains) and had unleashed a new insurrection against the military regime. Among the fighting rebels was Benjo Cruz. Over the next few months, either in combat or in summary executions, the military killed 59 out of the 67 rebels. Benjo was one of the casualties.

The story of my attachment to this topic is long and entangled. I tell it in greater detail elsewhere, and will tell it in even greater detail when I have the chance.

For today’s purposes, I will say that Gustavo Rodríguez Ostria’s book opened my eyes to many facts and ideas I had only superficially known, or intuited, and many other facts and ideas which I had not known. If this book had been in existence in 1987, Teoponte the opera would have been very different indeed.

Hence the need to write more about Teoponte. My business is unfinished. In 2012 I completed Souvenir de Teoponte for double bass and piano, a piece where I return to some of the opera’s material and I test its potential in a new medium. As well as the harmonic and structural conception, there was the conversion of electroacoustic sounds into double bass and piano sounds to explore. James Rapport and Eduard Lanner, and then James Rapport and Linus Kohlberg, have done committed work with this piece in Vienna.

Now I present my Second String Quartet, ‘Sin tiempo’. It too revisits some structural and thematic material from the opera, even where it is only in passing evocation. It engages with the world of turmoil, commitment, strife and self-sacrifice for an ideal that characterised that moment in history. It brings the past to the present and it does so in several layers. It pays homage to some of those fighters – Benjo Cruz in particular – and to Gustavo Rodríguez Ostria for his enormous achievement. It also celebrates the artistry of the Momenta Quartet, who I know will do a superb job with the work.



18 December 2012

Souvenir de Teoponte in Vienna


Souvenir de Teoponte in Vienna, December 2012

Following a joint initiative by the JS Bach Musikschule and IMEN a concert was arranged to take place on 7 December in the Festsaal at the Diplomatic Academy, Vienna.

IMEN (International Music Education Network) has been set up by the Director of the JS Bach Musikschule, Dr Hanns Stekel, in collaboration with a group of enlightened Viennese residents, seeking to provide opportunities for musical talent to flourish in places where access to musical education is limited. Right now IMEN has a presence in Bolivia , China, Chile, Costa Rica and Uruguay. The event in December 2012 was organised for the benefit of Instituto Laredo, my old school in Cochabamba.

Recently IMEN has scored a significant success: to secure a studentship to enable Andreas Siles, a hugely talented violinist from Instituto Laredo, to spend time in Vienna furthering his education. I had the chance to meet and to hear Andreas in my last couple of visits to Cochabamba, and was impressed by his talent, his determination and his warm, prepossessing personality. His situation reminds me of my own, forty or so years ago, having to wrench himself from hometown and family in order to pursue his musical vocation. I sympathise with his parents for the difficult decision they are having to make. But I know that Andreas will make the best use of this opportunity. 

A period of study in Vienna for the wonderful flautist Daniela Moya is another possibility being discussed by IMEN, but this is less advanced and more funds will be needed than are currently available.  

Back to my Viennese adventure. This benefit concert had been set as the occasion to première Souvenir de Teoponte for double bass and piano. Readers will remember that I wrote the piece last year, in response to an expression of interest from James Rapport, the double bass professor at the JS Bach Musikschule. The pianist for the première was Eduard Lanner, replacing Daniel Wnukovski who had had to withdraw from the project. In the event, it was difficult to imagine a better suited pianist than Eduard Lanner. 

Messrs Rapport and Lanner had done serious work on Souvenir de Teoponte before my arrival. They allowed me to attend their final rehearsal, less than three hours before the concert, and even at this late stage they were receptive to comments and indications. It was clear that they are two seasoned professionals, neither of them a stranger to new music. The challenges the new piece was posing to them only highlighted, for the umpteenth time, the difficulties I create for myself and for my performers by composing the way I do. Yet again, I had tried to ensure the musical thoughts were stated simply and without frills. But, yet again, the result was characterised by technical, gestural and at times rhythmic intractability. I should despair, but I do not; I will continue to strive for greater simplicity - even if it is too late to help Messrs Rapport and Lanner.

On the night, the two performers fought like lions, and came up with a rendition that was committed, persuasive and characterful. That the piece spoke to its audience - and my well-trained success/failure meter told me unhesitantly it had - was in no small measure due to the impassioned delivery.

The concert was well organised and well attended. Fronting it with articulacy and aplomb was a young graduate from the Diplomatic Academy and member of IMEN, Jiao Tang. Solid groundwork - and very successful catering - was the work of Mathias Lichem. 

The following morning a workshop took place at the JS Bach Musikschule. The small audience included students at the School and guests, in roughly equal numbers. The Bösendorfer Imperial provided a luxurious palette for Mr Lanner to depict the colours and textures. We had agreed to start and end the workshop with a full reading of the piece; in the event the players volunteered a third go, which proved the most faithful version. 

It was pleasing to meet some of the students, among them a twelve-year old composer, Linus Köhring, who had just completed a new solo double-bass piece for James Rapport. A brief glance at the manuscript showed a sure hand and a working knowledge of the instrument. It transpired that the young composer is preparing his first opera, on a libretto by his older brother, aged fourteen, who was also in the audience. Something tells me that we will hear more about Linus Köhring.  

Other interesting attendants at the workshop included Charlotte, a double-bass student, Maximiliano, a double-bass player from the south of Chile, the professional composer Michael Paulus, and Phillippe Ternes, a member of IMEN and conductor and founder of the choir at the Diplomatic Academy. 

My hosts in Vienna were María Teresa Lichem, a highly respected literary critic and scholar, and her husband Walter Lichem, a former UN official and Austrian diplomat. They treated me with kindness and warmth, and lavished their valuable time on meals, and interesting conversation, delighting me with their inexhaustible knowledge of the city and its history. I cannot thank them enough for making my brief Viennese sojourn easy and enjoyable. 

Mrs Lichem is, of course, one of the brains behind the project and the whole idea of IMEN. Another is Beatriz Bauer, a vivacious, dynamic operator whose ability to make things happen is legendary. At the heart of these interesting developments is the director of JS Bach Musikschule, Dr Hanns Stekel. He is energetic, knowledgeable, enthusiastic and possessed of a very original and creative mind. To meet them all was a joy and a privilege. 

On this visit to Vienna, my first, it was important to make a pilgrimage to the sites connected with the idol of my youth, still the guiding light of my professional work. I was touched by the stark simplicity in which the Viennese preserve his Paqualati House by the Ring, and no less so the flat in Heiligenstadt. In both places admission is charged for what amounts to a very modest display of portraits and the odd document. In Heiligenstadt the richer exhibition was said to reside in the flat opposite, managed by a lady of a certain age who unfortunately was unwell on 8 December, so access was not possible. This arrangement seemed breathtakingly casual for the legacy of one of music’s towering figures. And yet my heart swelled at the sight and feel of these places where he had lived, breathed, walked and worked.

The brief pilgrimage ended at the cemetery, where I was able to salute the tomb of my immortal friend. I had forgotten that Schubert and Brahms were also buried within a few steps of the crucial spot. I gave them an affectionate greeting too, in what was by now a dark winter evening. My thanks to María Teresa and Beatriz for traversing the city with me on this composerly mission. 

Two and half days were not enough for such a city, but I am very grateful for what it, and a few of its best residents, gave me.   

Stop press: I just (19 December 2012) had the players' consent to share some of the video footage from the workshop on 8 December. It is work in progress for them, but there are very good achievements already. My thanks to James Rapport and Eduard Lanner.


06 September 2012

Cortes de la Frontera



Cortes de la Frontera is the euphonious name of a locality in Andalucía where my family and I had a brief holiday last month, August 2012. 

More down-to-earth than its arty neighbour Gaucín, Cortes welcomed us with a no-nonsense approach to everyday things. Gorgeous hills, simple food, bright sun, slow tempo, good ice cream, characterful yet unobtrusive inhabitants, and relative silence. Those were the place’s main attractions, until the feria begun. Quite suddenly, the Assumption of the Blessed Virgin powered the town up into overdrive: outdoor bars, amusements, bullfights, ambulatory wind band performances and an apparent trebling of the population transformed our quiet refuge into a sunbaked mini-Las Vegas for a very long weekend. The children loved the amusements, and we enjoyed watching the local youths teasing the calves down the fenced-off main street. But we were relieved when, eventually, normal life returned. We never quite got the hang of the eateries‘ opening hours. We were splendidly fed and well treated further out at Quercus a few miles down the road in Estación de Jimera, and at De Locos Tapas a bit further north in Ronda.  

Back in Northumberland, the rain had not stopped. I brace myself for the next challenges: complete String Quartet No. 2, face a couple of major admin challenges at uni, prevent this house from being overrun by nature. 

14 September 2011

Koussevitzky commission

For the last few months I have been battling with a piece for double bass and piano. Along with the trombone, this is the instrument in the orchestra I feel I understand the least. Its workings may be based on the same basic principles as those of the violin and the viola, of which I do claim a good knowledge. But the size, the tuning in fourths, the strings’ thickness and length, the very different proportions and resulting differences in the physicality between the player and the instrument, they all strike me as an unknown world. I would have never volunteered to write for it if someone else had not planted the idea in my head, in this case James Rapport, a professor at Vienna’s Bach Musikschule. 

With impressive initiative, some time ago Professor Rapport offered to transcribe one of my existing pieces for the double bass. Partly in recognition of this commitment, partly from serious doubts that any of my existing pieces could be successfully adapted for the double bass, and partly, too, out of curiosity, I offered to write a new work instead. That is how I came to be treading this outlandish territory. It is a learning process, and I don’t find it easy.  

Not many days ago, on Bolivia’s national day - 6 August -  I received the wonderful news that the Koussevitzky Foundations (that is, The Serge Koussevitkzy Music Foundation in The Library of Congress and The Koussevitzky Foundation) had graciously decided to commission a new quartet from me for the Momenta Quartet. This brought me joy. At a time of dwindling opportunities in the UK this comes as a much-needed reminder that not all is indifference and that somebody has been listening, even some distinguished ears.  

For quite some time I have been in awe at the stratospheric - and rising - standard of the performances the Momenta Quartet have been offering of my String Quartet No. 1, ‘Montes’. Their première of it in 2007 in Philadelphia was already the best I could have hoped for; their rendition at King’s Hall in Newcastle the following year was entrancingly impassioned. A recording they sent me of a performance at Cornell University last year (2010) shows them with a new lineup - three players have changed - but playing ‘Montes’ to something worryingly akin to perfection. 

It was the Momenta who applied to Koussevitzky on my behalf, and the application’s success is, I am sure, in no small measure due to their rising prestige in the USA. To have one of the best commissions I know of to write music for one of the best quartets I know of makes a heady combination. 

What makes Koussevitzky any more desirable than any other commission? History, of course. The list of previous recipients is a who’s-who of twentieth-century music, including some legends of the recent past. Next to those one holds close to the heart (Adams, Andriessen, Dallapiccola, Henze, Ligeti, Maw, Stravinsky) are names one cannot but respect (Babbitt, Birtwistle, Britten, Castiglioni, Malipiero, Messiaen, Schoenberg, Stockhausen). The list also includes other names that are less universally acclaimed, and even some others I hadn’t heard before, but I am not letting that dampen the joy, the illusion of breathing for a moment the same air as music's most exalted figures. Ultimately it boils down to this: if Koussevitzky enabled Bartók to compose Concerto for Orchestra, I am jolly proud to have Koussevitzky. 

Am I slow or what. I was aware, I think, at all times, that the two venerable Foundations that made all these commissions had been set up in 1942 by Serge Koussevitzky (1874-1951), a Russian émigré to the US who was a celebrated conductor and entrepreneur. What at some point had slipped my mind was the fact that Serge Koussevitzky was also a virtuoso double-bass player, and the composer of a concerto and other pieces much prized in the repertoire.  When the coincidence dawned on me, I wondered if my efforts grappling with the double bass had acted as an incantation that eventually worked the magic of attracting Koussevitzky to me. I know, their panel takes its own decisions oblivious to any incantatory attempts, based instead on scores and recordings from the composers and the track record of the performing organisation. But it is a temptation to think that I had been currying the eponymous maestro's favour even before the panel convened. 

Meanwhile I grapple on. 

06 March 2011

Misa de Corpus Christi: después del re-estreno


He tardado en reunir las fuerzas y el tiempo necesarios para resumir la experiencia de participar en la fase final de la preparación y en las primeras presentaciones de la Misa de Corpus Christi. 
Antes de mi llegada a Cochabamba la comunicación se había intensificado con los principales impulsores del proyecto: el director de orquesta Augusto Guzmán, el director del Instituto Laredo Franklin Anaya y la directora coral Bertha Artero. La prensa había hecho un buen trabajo de preparación con su generosa cobertura de los festejos del 50 aniversario del Instituto, encabezada por los bien investigados reportajes de Paula Muñoz en Los Tiempos. 
La recepción que me brindaron en el Instituto Laredo fue cálida. Se notaba que la Misa era un proyecto que concernía a muchos y se sentía en el aire la expectativa por la obra en progreso y su estreno inminente. En mi primera noche en Cochabamba asistí a un ensayo del coro mixto y la orquesta y pude evaluar las fuerzas disponibles y el estado de preparación de la Misa a cinco días de su estreno.
Primeras impresiones
El coro mixto resultó ser mixto en más de un sentido, ya que además de voces femeninas y masculinas contaba con las voces jóvenes de los alumnos y las voces maduras de algunos exalumnos y profesores. Éstos habían sido activamente reclutados por Bertha Artero. Pronto supe que la idea inicial de Augusto Guzmán de reclutar un contingente numeroso de coristas de aquéllos que fueran niños en 1978 había tenido sólo un éxito parcial, ya que acudieron pocos. A ellos fue una alegría reconocerlos: Marinela Buitrago, a quien había visto muchas veces entre 1978 y 2010, Benjo Rodríguez y algún otro que no porque no recuerde en este momento sea menos importante. El coro sonaba potente y por lo general bien afinado, pero era claro que haría falta trabajar en el carácter, el fraseo y la expresión. 
La orquesta estaba conformada casi íntegramente de alumnos. Entre las excepciones estaba el trompetista Jhonny Huanca, confiable, musical y receptivo a las instrucciones.  El lado fuerte fue fácil de identificar: las maderas. Fue un alivio constatar que había una buena masa de cuerdas, aunque la sección contrabajos se veía exigua; tardaría unos días en crecer. El estado de avance de la orquesta era similar al del coro: tenían la obra aprendida, pero faltaba eliminar asperezas y trabajar en una versión que fuera musicalmente creíble. Algunas secciones denotaban debilidad, sobre todo por ausencia de personal o equipo; por ejemplo, no estaban los tres trombones - no estuvieron los tres juntos hasta muy cerca del concierto -, no estaban los cuatro cornos y faltaban percusionistas y algunos instrumentos importantes de percusión.  
No recuerdo si en ese primer ensayo estaba ya el barítono o si lo conocí después, pero por simetría mencionaré mi primera impresión sobre él: el barítono se había dividido en dos: José Coca Loza e Isaac Martínez, ambos estupendos. Desde el primer momento supe que no tendría que preocuparme por ellos. 


En suma: el grupo estaba familiarizado con la obra y estaba en condiciones de allanar sus dificultades. La manera más efectiva de lidiar con ellas me pareció que sería una ronda de ensayos seccionales de los que me ofrecí a encargarme. Augusto Guzmán, en esto como en todo, estaba presto a cooperar y  sin dificultad convinimos un horario de seccionales para el día siguiente, sábado. 
Lo más destacado de este primer día fue lo mismo que marcó el tono de todos los días siguientes: la buena voluntad, el entusiasmo por trabajar, y el excelente espíritu de grupo. No debo idealizar: había factores débiles en la práctica del trabajo de equipo, pero éstos los expuse a los coristas y músicos y no es necesario publicarlos en internet. 
Preparativos
Creí haber expresado desde el primer momento mi reconocimiento a la dedicación y los logros de este grupo admirable, pero es posible que en ese primer día me haya extendido más de lo necesario en los aspectos que hacía falta mejorar. El hecho es que al día siguiente Augusto Guzmán, frente a un jugo de papaya en el Café Habana, me propuso que yo dirigiera. ¿Cómo interpretar este pedido? ¿Era una manera diplomática de decirme “si le ves tantas faltas por qué no las solucionas tú”? ¿Un eufemismo por decir “si te vamos a tener molestando en los ensayos diciéndonos a cada instante lo que te gusta y lo que no, aquí está la batuta”? Nunca estaré seguro. La afabilidad de Augusto y sus colegas directores impedía imaginarse nada que no fuera el simple deseo de llevar el proyecto al mejor éxito posible, pero me quedó una espina de culpa. Culpable o no, me comprometí a dirigir los ensayos que quedaban y el primer concierto. 
Podría dedicar largas páginas al proceso fascinante que fue trabajar con esas 22o personas, formar parte de la red de los profesores y alumnos del Instituto Laredo y compartir, aunque brevemente, un episodio de los festejos de su  50 aniversario. No lo haré por falta de tiempo. Me limitaré a señalar los aspectos que me parecen más salientes. 
El trabajo fue diario, intensivo y dificultoso, pero la Misa fue tomando forma y acercándose cada vez más a lo que debía ser. Pese a los tropiezos y a la asistencia irregular de algunos, el espíritu de grupo se fue afianzando hasta adquirir una cohesión musical y psicológica que en el ensayo final ya cobraba potencia. Dentro de este grupo emergieron personalidades musicales brillantes, sobre todo en la sección maderas. 
Alondra Nina nunca había tocado el clarinete piccolo en Mi bemol antes, y  al principio era perceptible su falta de experiencia con el instrumento. No sé cuánto habrá practicado, pero el hecho es que en cada día de ensayo la oí afianzándose en afinación y seguridad de tono, hasta que en los conciertos llegó a deslumbrar en sus difíciles solos del Sanctus. Este progreso prácticamente milagroso lo efectuó en un periodo de seis días.

Trayectorias parecidas, aunque menos extremas, se notaron en el primer oboe, en los cornos y en el piano. El propio concertino, Federico Rivadero, tuvo que enfrentar retos técnicos nuevos, pero perseveró y llegó a tocar su solo del Gloria con soltura. Otros, como Valeria Escalera, guía de cellos, o Daniela Moya, primera flauta, o Ivette Guillén, primer fagote, fueron excelentes desde el primer momento.  

La sección percusión progresó del desorden bien intencionado que era al principio a una de las zonas mejor coordinadas de la orquesta.  Esto lo consiguieron los percusionistas con trabajo y práctica, desplegando la mejor voluntad en los ensayos. Hasta último momento  persistieron en la búsqueda del instrumento adecuado para sus distintas partes; en el ensayo general, ya sin tiempo para conversar, uno de ellos me mostró su último hallazgo, indicándome un juego de cascabeles con el índice. 

Franklin Anaya, Augusto Guzmán y el director de la sección artística del Instituto, Álvaro Cadima, apoyaron el desarrollo del proceso de todas las maneras posibles. Detrás de ellos había otros que de manera más silenciosa brindaron apoyo cuando hiciera falta: recuerdo en especial a Paula Luján, Franz Terceros – talentoso compositor y amigo de los días embriagantes del Taller de Música en La Paz – y Dany Mendoza. Pero es muy posible que esté olvidando a otros igualmente importantes. 
En el ensayo general del miércoles 27 las cosas se perfilaban como debían ser: todos los instrumentistas estaban presentes y empezaban a tocar con carácter y fineza. Los coros mostraban disciplina y cohesión. Había concentración, un excelente ambiente de trabajo y entusiasmo por el estreno ya próximo. Hasta tuve un regalo especial: la presencia inesperada en el ensayo de Edgar Alandia, compositor consumado y amigo de muchos años. Profesor del Conservatorio de Perugia, Edgar estaba en Cochabamba por razones familiares y al enterarse que se estaba ensayando una obra mía dirigió sus  pasos a El Campo, para sorpresa y deleite míos. 
Estreno
El Centro de Convenciones El Campo tiene capacidad para 800 personas sentadas. El 28 de octubre, La demanda por entradas determinó que habilitaran cien asientos adicionales. Mientras los coros calentaban sus voces y los músicos sus instrumentos, supimos que afuera se había formado una larga fila para ingresar; daba vuelta la esquina, dijeron algunos. 
Franklin me hizo saber que se me haría entrega de una placa. Hubo cierto ir y venir de opiniones sobre si esto debería hacerse antes o después del concierto, hasta que acordamos que fuera antes. Franklin hizo una presentación afectuosa y me dio la oportunidad – o me apropié de ella, ya no estoy seguro - de agradecerle; lo hice con gratitud sentida, pero más tarde me hicieron notar que olvidé mencionar al Instituto Laredo por su nombre. No sé si el nerviosismo del momento baste para excusar semejante olvido.
Pese al enorme público y pese a toda la expectativa – o tal vez por causa de ellos – este estreno confirmó la superstición de que a un buen ensayo general le sigue un estreno menos bueno.
En el estreno no conseguimos repetir el recogimiento y refinamiento de la noche anterior. Un factor adverso fue el sonido constante y molesto de un ventilador que no habíamos oído en los ensayos. Pese a éste, el calor era intenso y pareció agobiar a algunos participantes. Aun así, el enorme conjunto aunó sus energías para producir algunos momentos gloriosos. El Credo, por ejemplo, en su integridad. Este movimiento era sin duda el favorito de los participantes, y no es difícil explicar por qué: es la sección en la que se unen los dos coros y el barítono. No es la única, pero aquí el carácter de la música es diáfano y afirmativo. Hay un crescendo gradual que conduce a una explosión en fortissimo unánime con las palabras Deum de Deo, Lumen de Lumine, Deum verum de Deo vero, genitum, non factum, consubstantialem Patris. Esto se repite más tarde, con texto diferente y con un contrapunto denso de los dos coros y el barítono, culminando en Et expecto resurrectionem mortuorum. Sin excepción, los cantantes y los músicos demostraron su adhesión a esa música, y algunos quizás a esas palabras, con una versión intensa y llena de carácter. 
De allí el rendimiento empezó a decaer. Hubo errores, pero siempre los hay, en todo estreno. Lo más nocivo fue el deterioro de la afinación, que tiene que haber sido causado por la distracción desacostumbrada del ventilador, ya que problemas de afinación no se habían presentado antes. El hecho es que las armonías sutiles del Sanctus y las texturas místicas del Agnus Dei resultaron desfiguradas. Las relativas complejidades del allegro del Agnus Dei, diseñadas para representar agitación emocional, deben haber sonado confusas. Los tres últimos pacem, cada vez más suaves y más etéreos, resultaron cansados,  pedestres y, peor aún, fuera de tono. Al terminar la obra, la reacción del público no pudo ser más distinta del fervor que provocara el estreno en La Paz treinta y dos años atrás. A la ovación y vítores de emoción del Teatro Municipal reemplazaba ahora el aplauso cortés y breve de El Campo, tan breve que me dejó sin tiempo para volver al escenario y dirigir el aplauso hacia los solistas, como es de rigor.
Asistir a estrenos es importante para el compositor. Permite interactuar con los músicos en los ensayos y medir la psicología del público en respuesta a la obra, evaluando el alcance de ese doble acto de comunicación que es una obra musical – doble porque uno se dirige a los intérpretes primero, y por medio de ellos al público -.  Haciéndolo me he llevado grandes satisfacciones y también penosos sinsabores. Creo haber desarrollado antenas que perciben con exactitud qué es lo que cae bien y qué es lo que no. El 28 de octubre en Cochabamba no sé si me fallaron las antenas, si mi rol de director interfirió con mi percepción, o si me confundió el público al dividirse en dos bandos, uno mayoritario que no quedó convencido con la Misa, aplaudió sin entusiasmo y se cansó pronto, y otro minoritario que disfrutó de la Misa, vino a saludarme y expresó gran emoción. El hecho es que al final de esa noche no supe qué pensar. Al día siguiente, el titular que apareció en primera página de Los Tiempos (“Ovación a la Misa de Corpus Christi”) me pareció desmedidamente generoso. 
Tarata
En cambio la ejecución en Tarata el 31 de octubre no adoleció de ninguna de las fallas del 28.  La Iglesia del Convento de Tarata estaba colmada de gente, la acústica era favorable, los cantantes y músicos estaban descansados y Augusto Guzmán dirigió con claridad y pericia, obteniendo una respuesta excelente de todos.  Fue sorprendente constatar la exactitud con la que Augusto recreaba los tempi exactos y se ceñía a las decisiones tomadas durante los ensayos que yo había dirigido. Me había dado cuenta que él asistía a todos los ensayos, aun los seccionales, pero no supe hasta este domingo cuánta atención prestaba, cuánto observaba y hasta dónde llegaba su cuidado en seguir mis designios. Un intérprete tan fiel como demostró ser Augusto Guzmán es la aspiración de todo compositor. Pero además él ejecutó las decisiones indicadas con la técnica pulida de un director formado. Ideal. Augusto, que en 1978 fuera niño cantor en el "primer estreno" de la Misa de Corpus Christi, estaba ahora en el podio, dirigiendo la misma obra, que en realidad ya no era la misma, pero que muy posiblemente no existiría, no habría sido rescatada del olvido, si no fuera por su inspiración y tesón. Verlo desempeñarse con tanta soltura en el papel que tan bien se había ganado fue una satisfacción enorme. Sin ganas de ser paternalista, lo que sentí es orgullo. Orgullo de Augusto y de esos 220 jóvenes que se volcaban con tanto entusiasmo en algo que era evidente que lo sentían como suyo.


Esta vez sí, los tres pacem finales tuvieron la claridad deseada. Y esta vez sí, yo estaba en medio del público y pude ver y sentir receptividad y, al final, entusiasmo. 
Partí de Cochabamba al día siguiente, embriagado de mi propia música y de la dedicación y afecto de esa comunidad que se había formado y evolucionado en torno al proyecto. Quedé agradecido por las dos cosas: la música, es decir la buena fortuna que me puso delante la oportunidad de recrearla en circunstancias tan curiosas, y el gran conjunto de seres y afectos en cuyo vórtice me vi sumergido. Esta dulce combinación de sentimientos quedará conmigo por mucho tiempo. 
Laredo
Entre las imágenes más potentes que aún me acompañan de esa fugaz pero intensa experiencia, se destacan los momentos pasados en el Instituto Laredo. El local no es el mismo donde yo fui alumno hace muchas décadas, y el ambiente tampoco. Ambos son más abiertos, más diversos y más favorables a lo artístico. La transparencia y el entusiasmo de los muchachos y muchachas que hablaron conmigo no concuerdan con mis recuerdos de la niñez y adolescencia; a esta juventud de 2010 le apasiona la música, a diferencia de mis coetáneos que veían mi pasión musical como una excentricidad. La atención y la paciencia con la que un grupo de alumnos me escuchó durante varias horas una mañana en el anfiteatro, en ocasión en que el director me había pedido que me reuniera con ellos, eran algo difícil de creer. No sólo prestaron atención hasta el final, sino que luego procedieron a ametrallarme a preguntas, y el interrogatorio daba visos de prolongarse hasta la tarde si yo no lo hubiera tenido que dar por concluido porque me esperaban para almorzar.  

Algunos se me acercaron a confiarme sus preocupaciones y aspiraciones. Uno está resuelto a ser organista, pero no encuentra un órgano en que practicar en Cochabamba. Otra se dedica con pasión al violín, pero no tiene un instrumento adecuado ni manera de conseguirlo. Otro, de los más pequeños, quiere que yo le oiga tocar y le dé mi opinión. Otra termina el colegio pronto y sabe que quiere estudiar música pero el Conservatorio de La Paz, que el centro más próximo de educación superior, no le inspira confianza. 
El denominador común de esas inquietudes se cifra en dos cosas: amo la música, pero aquí no tengo lo que me hace falta. Ellos no lo dicen, pero yo sé – y espero que ellos también – que detrás de esa insatisfacción se esconde una bendición: la de ser parte del Instituto Laredo, de haber descubierto la música, de poder expresarse con ella, de haber experimentado la plenitud de estar unidos en una comunidad artística y social.
La frase del texto litúrgico que más énfasis recibe en la Misa de Corpus Christi es Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam, es decir “te damos gracias por tu inmensa gloria”. La palabra más repetida es gratias. La repetía en 1977 en La Paz, por el amor, la música, la libertad, las esperanzas y el futuro. La repito ahora en mi corazón, una y mil veces, por esos diez días de plenitud en Cochabamba, por esa gente maravillosa que participó y ese público que respondió, y por el sueño hecho realidad de que mi música se oiga en mi suelo natal, y que tenga la resonancia de algo importante y algo propio.   

12 September 2010

Misa de Corpus Christi


Esta obra fue escrita en 1977 y 1978. Su estreno fue el 20 de junio de 1978 en el Teatro Municipal de La Paz, a cargo del coro Niños Cantores del Valle, la Sociedad Coral Boliviana y la Orquesta Sinfónica Nacional de Bolivia, bajo la dirección del entonces veinteañero compositor. El solista fue un miembro de la Sociedad Coral, David Campuzano. Hubo tres presentaciones en días consecutivos, la tercera en la Iglesia de San Pedro.


En septiembre del mismo año, la Misa se presentó en el Teatro Municipal de Tucumán, Argentina, como parte del Septiembre Musical Tucumano. El coro mixto fue la misma Sociedad Coral, que aguantó un viaje largo y polvoriento por los caminos del Altiplano boliviano y el norte argentino. Los niños fueron los del Coro de Enseñanza Básica de la Provincia, y la orquesta fue la Orquesta Universitaria de Tucumán, con refuerzos de la Sinfónica de Bolivia, todos dirigidos por Mario Perusso, quien era entonces director titular de la Sinfónica de La Paz. En todas estas presentaciones la Misa fue recibida con gran entusiasmo del público, los intérpretes y la prensa. La única nota discordante fue una crítica demoledora del Grupo Aleatorio, publicada en Presencia de La Paz. Fuentes fidedignas me revelaron confidencialmente que los dos conciertos en el Teatro Municipal fueron los de mayor recaudación en todo el año 1978.

¿Por qué hablar ahora de esta obra de juventud, presentada hace treinta y dos años y después nunca más? Porque en el tiempo transcurrido han acontecido varias cosas en relación con la Misa de Corpus Christi.

En 1992, aplicando una autocrítica astringente, resolví conservar solamente las obras que pasaran un examen riguroso de calidad y realización técnica. Como resultado, puse en el basurero casi todas las partituras que había escrito antes de 1984. De la Misa de Corpus Christi se salvó sólo el Sanctus. Con el paso de los años he lamentado esta acción, sobre todo al pensar en algunas piezas, hoy irrecuperables, que ahora se insinúan en la memoria con algún valor y originalidad. Una sonata para violín y guitarra, por ejemplo, quisiera haberla oído antes de destruirla. En cuanto a la Misa, la he re-evaluado muchas veces en la memoria, y he llegado a la conclusión de que fue injusto desecharla. Recordando que había sido mi obra de tesis para egresar del Taller de Música de la Universidad Católica, en un viaje a La Paz en 2002 obtuve en préstamo la copia conservada en los archivos universitarios, con la promesa de devolver una partitura confeccionada profesionalmente, ya que la existente era un manuscrito a lápiz.

Gracias a esta partitura prestada revivía para mí una obra que había dado por perdida, que ahora, en un contexto más largo, representaba el momento cimero de mi trabajo en Bolivia antes de mi salida del país. Por eso me resulta inexplicable este hecho: cuando quise ponerme a elaborar la partitura en limpio que había ofrecido a la UCB, no pude encontrar la partitura que me había prestado.

Antes de la popularización de los sistemas computarizados de notación, el objeto físico de la partitura tenía un valor irreemplazable. Mis partituras eran tal vez mis posesiones más preciadas, y ésta, que había echado de menos por diez años y que una vez recuperada ni siquiera era mía en lo material, era sin lugar a dudas un artículo valiosísimo. Era inexplicable que lo hubiera perdido.   

Cuando, unos años después, el director de orquesta cochabambino Augusto Guzmán me propuso presentar la Misa de Corpus Christi en Cochabamba, emprendí otra búsqueda por todos los lugares imaginables en mi casa y en mi oficina, pero sin éxito. Tuve que resignarme a pensar que había perdido por segunda vez la misma obra.

Me quedaba por lo menos una grabación casera, en cassette, del concierto en Tucumán, única prueba tangible de la existencia de mi Misa. Con el hábito celoso de muchos años, guardo todas las grabaciones de mi música juntas en un mismo lugar, y nunca presto originales; son demasiado preciosos para desprenderse de ellos. ¿Cómo explicar, entonces, el que este cassette también, éste sí, último sobreviviente de una serie de desapariciones, haya desaparecido? ¿Qué clase de conspiración era ésta? ¿Una rebelión concertada de los objetos inanimados para demostrarme que la Misa estaba, a fin de cuentas, destinada a desaparecer?

Con la propuesta de Augusto, la Misa y su ausencia adquirían otro tinte, podríamos decir, más social. Tres décadas atrás, Augusto era un niño de primaria, y como tal participó en el estreno de la Misa, en su calidad de miembro del Coro de los Niños Cantores del Valle. El que él, ahora director de profesión, me comunicara su aspiración de montar esta obra en Cochabamba, me mostraba el potencial de la Misa como algo ligado a una generación de laredistas como llamamos a los alumnos y exalumnos del Instituto Laredo. Hipotéticamente hablando, si, como Augusto, hubiera otros que también recordaran haber cantado la Misa y que estuvieran deseosos de volver a cantarla, esta vez en el coro adulto, sería posible atribuir a esta obra un valor representativo que antes yo no había considerado. Si el número de estos exalumnos fuera lo suficientemente grande, podría inclusive hablarse de un movimiento generacional,  para el que la Misa de Corpus Christi representa algo digno de ser revivido treinta años más tarde.

Este razonamiento me llevó a un pensamiento envanecedor y al mismo tiempo vergonzoso: que la Misa de Corpus Christi no me pertenecía sólo a mí. Se la debía a otros, no sólo a la Universidad Católica Boliviana sino a ese grupo indeterminado de coristas perseverantes agrupados en torno al Instituto Laredo. Por lo tanto, puesto que había desechado el original, perdido la copia y extraviado la grabación, era imperativo reconstruirla. 

Para la reconstrucción me basé en una copia parcial del Kyrie, el Gloria y el principio del Credo que había iniciado en 1983, y el original del Sanctus que había eludido la destrucción de 1992. Parte del Credo la tuve que reconstruir de memoria. Cuando le tocó el turno al Agnus Dei, estaba ya en posesión de una copia escaneada de la partitura coral, con las líneas vocales sin acompañamiento, que me había facilitado el Instituto Laredo.

La copia parcial de 1983 era un documento poco fiable. La había empezado a mi retorno del Japón, cuando creía haber aprendido mucho de orquestación y tenía nuevas ideas sobre empastes y otras combinaciones tímbricas que me parecían más actualizadas que la versión original. La copia está, pues, llena de retoques y mejoras de criterio dudoso. Al re-escribir el Kyrie y el Gloria en 2010, por supuesto que después de tantos años no tenía un recuerdo fotográfico del original perdido, pero sí suficiente familiaridad residual de la obra que había ensayado y dirigido tres veces para sorprenderme ante detalles que no reconocía. Intenté, pues, restituir lo que creía que había sido mi intención original, aunque consciente de que iba en pos de una visión elusiva.

La copia parcial termina en el Credo, poco antes de la recapitulación temática con las palabras Et in Spiritum SanctumCuando llegué a este punto del trabajo no había recibido aún la copia escaneada de las líneas vocales, de modo que el tercio final del Credo fue necesario reconstruirlo de memoria.

El Agnus Dei siempre me había parecido el más problemático de los cinco movimientos. Uno de los defectos más claramente recordados era la larga introducción instrumental que pretendía representar la decadencia y el caos de la vida contemporánea. Además de la anomalía de tener un pasaje orquestal extenso en una pieza litúrgica, en lo estilístico esta sección difería radicalmente del resto de la Misa, y su orquestación tenía toques experimentales que en 1978 me habrían parecido innovadores, pero pronto sabría que en realidad le ponían fecha a la Misa, y con varias décadas de retraso. Por eso en 2010, al hacer el esfuerzo de rehacer lo hecho largo tiempo atrás, fue un alivio omitir esa sección orquestal.


De principio a fin, el trabajo de reconstrucción me puso en una posición inusitada de actuar como musicólogo de mi propia música. Las décadas de experiencia me han dado una visión muy distinta de lo que vale y lo que no, pero en este proyecto no se trataba de componer como yo ahora, sino de recrear lo que había creado un mozalbete en 1978. Era imposible reemplazar la música, o partes de ella, con música nueva, porque yo ahora no puedo ni quiero componer una obra con esas características. La música de 1978  era un resultado singular de ese momento y de las circunstancias que le dieron vida. Cualquier intento de reemplazar pasajes imperfectos con otros que concuerden con el estilo de entonces habría sido un pastiche deshonesto. Mi misión, pues, era otra: era copiar lo más fielmente posible la imagen que me mostraban, en primer lugar, la memoria, y, en segundo lugar, las piezas de rompecabezas con las que contaba.

Al desempeñar ese trabajo, experimenté una resistencia interior invencible hacia ciertos acordes y ciertas combinaciones orquestales. Los conozco bien y sé que no funcionan a mi gusto. ¿Qué hacer con ellos? Los paladines del rigor me dirán que habría sido lo más honrado dejarlos como estaban, pero la honradez tiene un límite. Cuando se trata de un producto artístico, las consideraciones primordiales son la calidad y la integridad artísticas. ¿Cómo dejar pasar en una obra propia deslices que a mis alumnos no permito? Cabe recordar que escribí la Misa joven y solo, cuando el Taller de Música se había disuelto y ya no había tuición para nadie. Frente a esta oportunidad de rehacer una obra de juventud ahora que sé diferenciar entre la frescura juvenil, la audacia y la torpeza, sería artísticamente deshonesto dejar pasar la tercera de esas tres características junto con la primera y la segunda: he corregido, pues, acordes y transiciones, y he simplificado orquestaciones que me han parecido demasiado torpes para dejar pasar.

En resumen, la obra que se presentará en Cochabamba el 28 y 29 de octubre es una reconstrucción de la Misa de Corpus Christi de 1978, pero con diferencias importantes. Hay secciones que no pueden ser idénticas porque las he rehecho de memoria. Otras las he mantenido prácticamente intactas, como el Kyrie y el Sanctus en su totalidad, no porque me parezcan perfectos sino porque su estética me resulta ahora demasiado ajena para interferir con ella. El Agnus Dei contiene los cambios más drásticos, forzados por la necesidad de recrear el material orquestal perdido.

Recuerdo un artículo escrito en 1978 por el siempre solidario Ramón Rocha Monroy y publicado en Opinión, bajo un título parecido a “¿Cuándo oirá Cochabamba la Misa de Corpus Christi?”.  Si le hubieran dicho que la respuesta era treinta y dos años más tarde, habría parecido una crueldad, y en cierto sentido lo es. Han sido años de olvido, el cual, después de tanto trabajo empeñado por tantas personas, es cruel. En este último año ha sido difícil encontrar el tiempo para rehacer la obra, y los desvelos han sido crueles también. Pero los giros que ha dado la historia tienen su lado hermoso. Ahora el material está en manos de los elencos artísticos cochabambinos. Además del mencionado Augusto Guzmán, están involucrados Bertha Artero Ponce en la preparación del coro mixto, Judith Carmona en la preparación del Coro de Niños, papel que desempeñara con gran solvencia en 1978, e instigando y promoviendo, el inspirado nuevo director del Instituto, Franklin Anaya Georgis. Y por supuesto un grupo considerable de músicos orquestales y coristas de ambos sexos, adultos y niños.  Veamos cómo les va. 
 

 
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