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08 September 2017

Proyecto orquestal Laredo 2017

Dos semanas en Cochabamba


(To my anglophone readers: the following is an outline in Spanish of the project I undertook in my native city, Cochabamba, in August 2017. Invited by Instituto Laredo, I spent two weeks discussing curricular ideas and preparing a concert of the Symphony Orchestra of Instituto Laredo. The concert took place on 24 August to a capacity audience of around one thousand. With many others, I consider the project an undiluted success.)



Invitado por el Instituto Eduardo Laredo, tuve el gusto de trabajar en mi ciudad natal durante la segunda mitad de agosto de 2017. Es la época habitual de las vacaciones con la familia, así que hube de apelar a la comprensión familiar para acordar una vacación sin mí. Así es que la familia se fue a Niza, yo me fui a Cochabamba.

Los términos de la invitación eran 1) analizar las mallas curriculares actuales y futuras y formular juicios constructivos con miras al establecimiento de ciclos de educación superior en el Instituto Laredo, y 2) preparar y dirigir un concierto con la Orquesta Sinfónica del Instituto Laredo. Ambos aspectos tienen su trasfondo que vale la pena mencionar.

En lo curricular, el proceso ahora en curso es la realización de una idea largamente acariciada por el fundador del Instituto, Don Franklin Anaya Arze (1912-1998), quien me había explicado muchas veces su ambición de instituir una carrera de música en el seno del Instituto. Don Franklin veía en esta idea la continuación natural del trabajo lento y arduo que ya se realizaba, el de proveer una educación integral artística, humanística e intelectual, y como conducto para canalizar el talento de los que desearan seguir una carrera musical.

Han tenido que pasar muchos años para que se pueda hacer un avance tangible en este proceso.    Don Franklin ya no está con nosotros, pero el actual director, Franklin Anaya Giorgis, enarbola la causa con la convicción y energía necesarias para llevar a efecto los planes.

El proyecto de educación superior en el Laredo no ocurre en un vacío; ha habido antes programas comparables en Bolivia. Dada mi larga ausencia del país no tengo la visión más completa de los avances realizados, pero puedo mencionar que el Taller de Música de la Universidad Católica (La Paz) produjo dos promociones de licenciados en música separadas por 25 años, con menciones en dirección y en composición. El Conservatorio Nacional, también en La Paz, ha consolidado sus atribuciones de titulación, estando ahora facultado para otorgar títulos de licenciatura. En Cochabamba, la Universidad Mayor de San Simón ha instituido la carrera de música que otorgará “Licenciatura en Música con Mención en Gestión de la Educación Musical Orquestal y Coral.” Tuve el gusto de dar dos clases allí el año pasado y encontré a un grupo dinámico y entusiasta liderado por Luis Moya y Giovanni Silva y grandemente fortalecido por la presencia eminente de Alberto Villalpando y de figuras más jóvenes y sólidamente formadas como Hugo de Ugarte y Bertha Artero.

Lo que se quiere hacer en el Laredo es distinto de lo que se ha hecho o intentado hacer antes. Aun en un caso óptimo en que los programas actuales continuaran y los anteriores resucitaran, el proyecto Laredo los complementaría muy bien, ya que se trata de un programa de estudios de interpretación orquestal, para el cual el Instituto tiene la experiencia y la infraestructura necesarias. Pero no nos precipitemos. Hay mucho trabajo preparatorio que hacer antes.

En mis conversaciones con los profesores del Instituto Laredo pude informarme de los contenidos y modalidades de enseñanza en los ciclos primario y secundario. Los planes para el ciclo superior están ya avanzados y fue posible analizarlos en detalle. Los indicios actuales permiten abrigar grandes esperanzas en este proyecto y desearle al Instituto Laredo mucho éxito, por el bien de las juventudes musicales bolivianas.

En cuanto al componente orquestal de mi trabajo en Cochabamba, el trasfondo es largo pero lo resumiré. Es sabido que en 2010 trabajé con los coros y la orquesta del Instituto Laredo para el reestreno de mi Misa de Corpus Christi. La orquesta había sido preparada por Augusto Guzmán - quien además había sido uno de los promotores de la idea - y yo sólo tuve que dar los últimos toques. En aquella oportunidad acordamos que yo dirigiría el estreno en El Campo y Augusto Guzmán el concierto en Tarata. Ambos estuvieron repletos y fueron muy bien recibidos. Posteriormente hubo otras presentaciones de la misa en mi ausencia, dirigidas por Augusto Guzmán.

Pasó el tiempo y cuatro años después, en 2016, estuve tres meses en Cochabamba, componiendo una obra para Juilliard[1]. Mi presencia en el Laredo fue privada más que profesional, siendo la prioridad mis labores de padre de familia. Pero asistí a un par de ensayos orquestales con la idea de diagnosticar la factibilidad de que se interpretara alguna obra mía, a sugerencia del Director del Instituto. Escuché a la Orquesta Juvenil, que estaba siendo preparada por la profesora Noemí Uzeda; estando esta orquesta en una fase inicial de su conformación (era febrero o marzo, a pocas semanas del inicio del año escolar) me pareció que sería insensato imponerles el reto de una obra contemporánea. Y escuché a la Orquesta Académica, que estaba siendo preparada por Miguel Ángel Salazar. Esta agrupación me impresionó por su disciplina y solidez técnica. Era evidente que se trataba de un grupo selecto de alumnos trabajando junto a profesores instrumentales. Con esa orquesta se habría podido hacer algo nuevo, pero ellos se estaban preparando para otro proyecto importante y no habría sido responsable distraerlos. 

La misión que se me propuso para agosto 2017 era la de trabajar con un grupo grande que reuniera a la Orquesta Juvenil y a la Orquesta Académica, con la finalidad de elevar el nivel general del trabajo orquestal en el Laredo. No era una misión fácil, dado el poco tiempo disponible y la disparidad de niveles de los participantes. La primera dificultad fue escoger un programa que retara a todos sin desmoralizar a los menos avanzados. El programa fue tema de detalladas discusiones a distancia con un grupo de profesores en el que los interlocutores activos, además del Director, eran Álvaro Cadima, Noemí Uzeda y Miguel Ángel Salazar Hidalgo.

Ellos me aseguraron que se realizaría un trabajo intensivo antes de mi llegada, con los vientos a cargo del Profesor Cadima y con las cuerdas a cargo de la Profesora Uzeda.  A mi llegada supe que también se habían realizado algunos ensayos generales con el profesor Augusto Guzmán.

Otros factores en la gestación del programa fueron la presencia en el proyecto del joven violinista Andreas Siles Mellinger, a quien todos deseábamos incluir como solista, y la influencia benévola de Miguel Ángel Salazar Hidalgo. Andreas Siles, exalumno del Instituto Laredo y actual estudiante de música en la Universidad de Viena, ha sido objeto de mi interés por algún tiempo, desde aquel día de 2010 en que un niño de diez u once años se me acercó para pedirme que le oyera tocar el violín y me impresionó con su capacidad y convicción precoces. Este joven talento ha ido desarrollándose hasta alcanzar un grado de profesionalismo que permite esperar grandes cosas para su futuro. Con él se discutieron distintas ideas de programación. La elección del Triple Concierto de Beethoven fue posible gracias a los buenos oficios de Miguel Ángel Salazar, cuyos contactos y alianzas permitieron asegurar la presencia de los otros dos solistas.


Inicié ensayos con las cuerdas el 14 de agosto y con los vientos el 17. Encontré a un grupo altamente motivado, resuelto a trabajar y muy receptivo a las indicaciones. La prevista disparidad de niveles era evidente y en su momento me causó preocupación. Llegué a dudar si la Octava Sinfonía de Beethoven había sido una elección sensata. Pero una vez emprendido el viaje, la única dirección posible era adelante, y así lo entendieron mis jóvenes colaboradores. Ninguno de ellos, ni estudiantes ni profesores, daba visos de dar marcha atrás. El reto era grande, pero el equipo se mostraba resuelto. Trabajamos hora tras hora, día tras día, muchas veces hasta el agotamiento. Éste era visible en los brazos acalambrados, en los ojos rojos y en los bostezos que se veían aquí y allá, sobre todo en los días finales. Pero más visibles eran el entusiasmo y el esfuerzo por mejorar. Nunca hubo señales de desaliento ni de desconcentración. Los jóvenes músicos practicaron, los profesores supervisaron y ensayaron junto a sus pupilos, y Miguel Ángel Salazar, además de hacer ambas cosas, se constituyó en director asistente, brindando su oído atento y observaciones juiciosas. Todos trabajaron, persistieron y, cuando hubo dificultades, lucharon. El resultado, como no podía ser de otra manera, es que vencieron sus dificultades, avanzaron, y llegaron lejos. El progreso fue sencillamente deslumbrante.


Si me cuesta abstenerme de señalar casos específicos es porque la distancia recorrida en este trayecto no fue la misma para todos. Aquellos que en un comienzo me habían parecido inseguros, poco preparados para emprender una sinfonía de Beethoven, pero que al cabo de una semana de trabajo sin descanso los vi tocando esa misma sinfonía seguros, resueltos, absortos en un trance de concentración, ellos merecen mi especial respeto. No los nombro, pero ellos saben quiénes son. ¿Tienen ellos más mérito que los otros, los que fueron solventes desde un principio, pero que con la disciplina y el esfuerzo que pusieron lograron también llegar más lejos - yo diría bastante más lejos - del punto de partida? Pregunta ociosa, quizá. No es necesario hacer distinciones. Todos avanzaron, todos lucharon, todos evolucionaron notoriamente a lo largo del proceso, y todos participaron con pasión en un concierto en el que vibró la energía de la juventud.


La noche del concierto en el Hotel Cochabamba el salón, con capacidad para más de mil personas, se veía lleno. El público de Cochabamba fue atento y generoso. Los jóvenes músicos mostraron que las horas y los días de trabajo no habían sido en vano, concentrándose para rendir todo lo máximo que su preparación permitía y desenvolviéndose, en suma, como verdaderos profesionales. Fue motivo especial de orgullo ver y oír a Andreas Siles Mellinger como solista junto una de las pianistas más destacadas del país, Adriana Inturias Villarroel, y junto a un cellista colombiano, Santiago Bernal, cuya carrera se asemeja a la del mismo Andreas Siles. Los tres se mostraron a la altura del gran desafío que constituye el Triple Concierto de Beethoven. En la Octava Sinfonía la orquesta realizó lo que se esperaba de ella, tocando con aplomo y energía, recreando el carácter vibrante, transparente y atlético de una obra que, aunque compuesta por un hombre de 42 años, rebosa de entusiasmo juvenil, frescura y humor. 


La idea de reunir a la Orquesta Juvenil con la Orquesta Académica para crear una superorquesta del Instituto Laredo resultó, en mi evaluación, un éxito. Gracias a una convergencia de programas de trabajo que hasta entonces habían funcionado por separado y con contenidos distintos, y gracias al espíritu colaborativo de sus profesores y estudiantes, el Laredo se adjudicó un triunfo. Así lo quise resaltar en mis palabras previas al concierto. Algunos asistentes interpretaron que al decir eso yo discriminaba entre los alumnos, una interpretación sorprendente que felizmente, según he podido establecer, no fue una percepción generalizada. Estando yo, como estaba, intensamente enfocado en la música que iba a dirigir, es muy posible que haya escogido palabras que no fueran las mejores. Respeto el parecer de las personas que me hicieron llegar su preocupación, pero estoy seguro de no haber dicho lo contrario de lo que quería decir, ni lo contrario de lo que mis actos demostraban.


El éxito es bueno en la medida en que causa felicidad e impulsa el progreso. El éxito del proyecto orquestal Laredo 2017 causó felicidad a muchos; lo sé porque vi sus caras, oí sus palabras y sentí el ambiente de triunfo colectivo. Todos los involucrados están orgullosos de lo que han conseguido, y si hay alguno que no lo esté debería estarlo. Cerrar los ojos al éxito y las causas del éxito sería un error que innecesariamente mermaría la felicidad e injustamente bloquearía el progreso. Este éxito, tal como dije en público, se debió al espíritu de unidad y colaboración que animó el proceso. Fue un triunfo de todos los participantes. Se lo puede repetir con otro líder, pero no con otro espíritu. 
















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[1] https://www.juilliard.edu/ -- https://www.facebook.com/TheJuilliardSchool/

06 March 2011

Misa de Corpus Christi: después del re-estreno


He tardado en reunir las fuerzas y el tiempo necesarios para resumir la experiencia de participar en la fase final de la preparación y en las primeras presentaciones de la Misa de Corpus Christi. 
Antes de mi llegada a Cochabamba la comunicación se había intensificado con los principales impulsores del proyecto: el director de orquesta Augusto Guzmán, el director del Instituto Laredo Franklin Anaya y la directora coral Bertha Artero. La prensa había hecho un buen trabajo de preparación con su generosa cobertura de los festejos del 50 aniversario del Instituto, encabezada por los bien investigados reportajes de Paula Muñoz en Los Tiempos. 
La recepción que me brindaron en el Instituto Laredo fue cálida. Se notaba que la Misa era un proyecto que concernía a muchos y se sentía en el aire la expectativa por la obra en progreso y su estreno inminente. En mi primera noche en Cochabamba asistí a un ensayo del coro mixto y la orquesta y pude evaluar las fuerzas disponibles y el estado de preparación de la Misa a cinco días de su estreno.
Primeras impresiones
El coro mixto resultó ser mixto en más de un sentido, ya que además de voces femeninas y masculinas contaba con las voces jóvenes de los alumnos y las voces maduras de algunos exalumnos y profesores. Éstos habían sido activamente reclutados por Bertha Artero. Pronto supe que la idea inicial de Augusto Guzmán de reclutar un contingente numeroso de coristas de aquéllos que fueran niños en 1978 había tenido sólo un éxito parcial, ya que acudieron pocos. A ellos fue una alegría reconocerlos: Marinela Buitrago, a quien había visto muchas veces entre 1978 y 2010, Benjo Rodríguez y algún otro que no porque no recuerde en este momento sea menos importante. El coro sonaba potente y por lo general bien afinado, pero era claro que haría falta trabajar en el carácter, el fraseo y la expresión. 
La orquesta estaba conformada casi íntegramente de alumnos. Entre las excepciones estaba el trompetista Jhonny Huanca, confiable, musical y receptivo a las instrucciones.  El lado fuerte fue fácil de identificar: las maderas. Fue un alivio constatar que había una buena masa de cuerdas, aunque la sección contrabajos se veía exigua; tardaría unos días en crecer. El estado de avance de la orquesta era similar al del coro: tenían la obra aprendida, pero faltaba eliminar asperezas y trabajar en una versión que fuera musicalmente creíble. Algunas secciones denotaban debilidad, sobre todo por ausencia de personal o equipo; por ejemplo, no estaban los tres trombones - no estuvieron los tres juntos hasta muy cerca del concierto -, no estaban los cuatro cornos y faltaban percusionistas y algunos instrumentos importantes de percusión.  
No recuerdo si en ese primer ensayo estaba ya el barítono o si lo conocí después, pero por simetría mencionaré mi primera impresión sobre él: el barítono se había dividido en dos: José Coca Loza e Isaac Martínez, ambos estupendos. Desde el primer momento supe que no tendría que preocuparme por ellos. 


En suma: el grupo estaba familiarizado con la obra y estaba en condiciones de allanar sus dificultades. La manera más efectiva de lidiar con ellas me pareció que sería una ronda de ensayos seccionales de los que me ofrecí a encargarme. Augusto Guzmán, en esto como en todo, estaba presto a cooperar y  sin dificultad convinimos un horario de seccionales para el día siguiente, sábado. 
Lo más destacado de este primer día fue lo mismo que marcó el tono de todos los días siguientes: la buena voluntad, el entusiasmo por trabajar, y el excelente espíritu de grupo. No debo idealizar: había factores débiles en la práctica del trabajo de equipo, pero éstos los expuse a los coristas y músicos y no es necesario publicarlos en internet. 
Preparativos
Creí haber expresado desde el primer momento mi reconocimiento a la dedicación y los logros de este grupo admirable, pero es posible que en ese primer día me haya extendido más de lo necesario en los aspectos que hacía falta mejorar. El hecho es que al día siguiente Augusto Guzmán, frente a un jugo de papaya en el Café Habana, me propuso que yo dirigiera. ¿Cómo interpretar este pedido? ¿Era una manera diplomática de decirme “si le ves tantas faltas por qué no las solucionas tú”? ¿Un eufemismo por decir “si te vamos a tener molestando en los ensayos diciéndonos a cada instante lo que te gusta y lo que no, aquí está la batuta”? Nunca estaré seguro. La afabilidad de Augusto y sus colegas directores impedía imaginarse nada que no fuera el simple deseo de llevar el proyecto al mejor éxito posible, pero me quedó una espina de culpa. Culpable o no, me comprometí a dirigir los ensayos que quedaban y el primer concierto. 
Podría dedicar largas páginas al proceso fascinante que fue trabajar con esas 22o personas, formar parte de la red de los profesores y alumnos del Instituto Laredo y compartir, aunque brevemente, un episodio de los festejos de su  50 aniversario. No lo haré por falta de tiempo. Me limitaré a señalar los aspectos que me parecen más salientes. 
El trabajo fue diario, intensivo y dificultoso, pero la Misa fue tomando forma y acercándose cada vez más a lo que debía ser. Pese a los tropiezos y a la asistencia irregular de algunos, el espíritu de grupo se fue afianzando hasta adquirir una cohesión musical y psicológica que en el ensayo final ya cobraba potencia. Dentro de este grupo emergieron personalidades musicales brillantes, sobre todo en la sección maderas. 
Alondra Nina nunca había tocado el clarinete piccolo en Mi bemol antes, y  al principio era perceptible su falta de experiencia con el instrumento. No sé cuánto habrá practicado, pero el hecho es que en cada día de ensayo la oí afianzándose en afinación y seguridad de tono, hasta que en los conciertos llegó a deslumbrar en sus difíciles solos del Sanctus. Este progreso prácticamente milagroso lo efectuó en un periodo de seis días.

Trayectorias parecidas, aunque menos extremas, se notaron en el primer oboe, en los cornos y en el piano. El propio concertino, Federico Rivadero, tuvo que enfrentar retos técnicos nuevos, pero perseveró y llegó a tocar su solo del Gloria con soltura. Otros, como Valeria Escalera, guía de cellos, o Daniela Moya, primera flauta, o Ivette Guillén, primer fagote, fueron excelentes desde el primer momento.  

La sección percusión progresó del desorden bien intencionado que era al principio a una de las zonas mejor coordinadas de la orquesta.  Esto lo consiguieron los percusionistas con trabajo y práctica, desplegando la mejor voluntad en los ensayos. Hasta último momento  persistieron en la búsqueda del instrumento adecuado para sus distintas partes; en el ensayo general, ya sin tiempo para conversar, uno de ellos me mostró su último hallazgo, indicándome un juego de cascabeles con el índice. 

Franklin Anaya, Augusto Guzmán y el director de la sección artística del Instituto, Álvaro Cadima, apoyaron el desarrollo del proceso de todas las maneras posibles. Detrás de ellos había otros que de manera más silenciosa brindaron apoyo cuando hiciera falta: recuerdo en especial a Paula Luján, Franz Terceros – talentoso compositor y amigo de los días embriagantes del Taller de Música en La Paz – y Dany Mendoza. Pero es muy posible que esté olvidando a otros igualmente importantes. 
En el ensayo general del miércoles 27 las cosas se perfilaban como debían ser: todos los instrumentistas estaban presentes y empezaban a tocar con carácter y fineza. Los coros mostraban disciplina y cohesión. Había concentración, un excelente ambiente de trabajo y entusiasmo por el estreno ya próximo. Hasta tuve un regalo especial: la presencia inesperada en el ensayo de Edgar Alandia, compositor consumado y amigo de muchos años. Profesor del Conservatorio de Perugia, Edgar estaba en Cochabamba por razones familiares y al enterarse que se estaba ensayando una obra mía dirigió sus  pasos a El Campo, para sorpresa y deleite míos. 
Estreno
El Centro de Convenciones El Campo tiene capacidad para 800 personas sentadas. El 28 de octubre, La demanda por entradas determinó que habilitaran cien asientos adicionales. Mientras los coros calentaban sus voces y los músicos sus instrumentos, supimos que afuera se había formado una larga fila para ingresar; daba vuelta la esquina, dijeron algunos. 
Franklin me hizo saber que se me haría entrega de una placa. Hubo cierto ir y venir de opiniones sobre si esto debería hacerse antes o después del concierto, hasta que acordamos que fuera antes. Franklin hizo una presentación afectuosa y me dio la oportunidad – o me apropié de ella, ya no estoy seguro - de agradecerle; lo hice con gratitud sentida, pero más tarde me hicieron notar que olvidé mencionar al Instituto Laredo por su nombre. No sé si el nerviosismo del momento baste para excusar semejante olvido.
Pese al enorme público y pese a toda la expectativa – o tal vez por causa de ellos – este estreno confirmó la superstición de que a un buen ensayo general le sigue un estreno menos bueno.
En el estreno no conseguimos repetir el recogimiento y refinamiento de la noche anterior. Un factor adverso fue el sonido constante y molesto de un ventilador que no habíamos oído en los ensayos. Pese a éste, el calor era intenso y pareció agobiar a algunos participantes. Aun así, el enorme conjunto aunó sus energías para producir algunos momentos gloriosos. El Credo, por ejemplo, en su integridad. Este movimiento era sin duda el favorito de los participantes, y no es difícil explicar por qué: es la sección en la que se unen los dos coros y el barítono. No es la única, pero aquí el carácter de la música es diáfano y afirmativo. Hay un crescendo gradual que conduce a una explosión en fortissimo unánime con las palabras Deum de Deo, Lumen de Lumine, Deum verum de Deo vero, genitum, non factum, consubstantialem Patris. Esto se repite más tarde, con texto diferente y con un contrapunto denso de los dos coros y el barítono, culminando en Et expecto resurrectionem mortuorum. Sin excepción, los cantantes y los músicos demostraron su adhesión a esa música, y algunos quizás a esas palabras, con una versión intensa y llena de carácter. 
De allí el rendimiento empezó a decaer. Hubo errores, pero siempre los hay, en todo estreno. Lo más nocivo fue el deterioro de la afinación, que tiene que haber sido causado por la distracción desacostumbrada del ventilador, ya que problemas de afinación no se habían presentado antes. El hecho es que las armonías sutiles del Sanctus y las texturas místicas del Agnus Dei resultaron desfiguradas. Las relativas complejidades del allegro del Agnus Dei, diseñadas para representar agitación emocional, deben haber sonado confusas. Los tres últimos pacem, cada vez más suaves y más etéreos, resultaron cansados,  pedestres y, peor aún, fuera de tono. Al terminar la obra, la reacción del público no pudo ser más distinta del fervor que provocara el estreno en La Paz treinta y dos años atrás. A la ovación y vítores de emoción del Teatro Municipal reemplazaba ahora el aplauso cortés y breve de El Campo, tan breve que me dejó sin tiempo para volver al escenario y dirigir el aplauso hacia los solistas, como es de rigor.
Asistir a estrenos es importante para el compositor. Permite interactuar con los músicos en los ensayos y medir la psicología del público en respuesta a la obra, evaluando el alcance de ese doble acto de comunicación que es una obra musical – doble porque uno se dirige a los intérpretes primero, y por medio de ellos al público -.  Haciéndolo me he llevado grandes satisfacciones y también penosos sinsabores. Creo haber desarrollado antenas que perciben con exactitud qué es lo que cae bien y qué es lo que no. El 28 de octubre en Cochabamba no sé si me fallaron las antenas, si mi rol de director interfirió con mi percepción, o si me confundió el público al dividirse en dos bandos, uno mayoritario que no quedó convencido con la Misa, aplaudió sin entusiasmo y se cansó pronto, y otro minoritario que disfrutó de la Misa, vino a saludarme y expresó gran emoción. El hecho es que al final de esa noche no supe qué pensar. Al día siguiente, el titular que apareció en primera página de Los Tiempos (“Ovación a la Misa de Corpus Christi”) me pareció desmedidamente generoso. 
Tarata
En cambio la ejecución en Tarata el 31 de octubre no adoleció de ninguna de las fallas del 28.  La Iglesia del Convento de Tarata estaba colmada de gente, la acústica era favorable, los cantantes y músicos estaban descansados y Augusto Guzmán dirigió con claridad y pericia, obteniendo una respuesta excelente de todos.  Fue sorprendente constatar la exactitud con la que Augusto recreaba los tempi exactos y se ceñía a las decisiones tomadas durante los ensayos que yo había dirigido. Me había dado cuenta que él asistía a todos los ensayos, aun los seccionales, pero no supe hasta este domingo cuánta atención prestaba, cuánto observaba y hasta dónde llegaba su cuidado en seguir mis designios. Un intérprete tan fiel como demostró ser Augusto Guzmán es la aspiración de todo compositor. Pero además él ejecutó las decisiones indicadas con la técnica pulida de un director formado. Ideal. Augusto, que en 1978 fuera niño cantor en el "primer estreno" de la Misa de Corpus Christi, estaba ahora en el podio, dirigiendo la misma obra, que en realidad ya no era la misma, pero que muy posiblemente no existiría, no habría sido rescatada del olvido, si no fuera por su inspiración y tesón. Verlo desempeñarse con tanta soltura en el papel que tan bien se había ganado fue una satisfacción enorme. Sin ganas de ser paternalista, lo que sentí es orgullo. Orgullo de Augusto y de esos 220 jóvenes que se volcaban con tanto entusiasmo en algo que era evidente que lo sentían como suyo.


Esta vez sí, los tres pacem finales tuvieron la claridad deseada. Y esta vez sí, yo estaba en medio del público y pude ver y sentir receptividad y, al final, entusiasmo. 
Partí de Cochabamba al día siguiente, embriagado de mi propia música y de la dedicación y afecto de esa comunidad que se había formado y evolucionado en torno al proyecto. Quedé agradecido por las dos cosas: la música, es decir la buena fortuna que me puso delante la oportunidad de recrearla en circunstancias tan curiosas, y el gran conjunto de seres y afectos en cuyo vórtice me vi sumergido. Esta dulce combinación de sentimientos quedará conmigo por mucho tiempo. 
Laredo
Entre las imágenes más potentes que aún me acompañan de esa fugaz pero intensa experiencia, se destacan los momentos pasados en el Instituto Laredo. El local no es el mismo donde yo fui alumno hace muchas décadas, y el ambiente tampoco. Ambos son más abiertos, más diversos y más favorables a lo artístico. La transparencia y el entusiasmo de los muchachos y muchachas que hablaron conmigo no concuerdan con mis recuerdos de la niñez y adolescencia; a esta juventud de 2010 le apasiona la música, a diferencia de mis coetáneos que veían mi pasión musical como una excentricidad. La atención y la paciencia con la que un grupo de alumnos me escuchó durante varias horas una mañana en el anfiteatro, en ocasión en que el director me había pedido que me reuniera con ellos, eran algo difícil de creer. No sólo prestaron atención hasta el final, sino que luego procedieron a ametrallarme a preguntas, y el interrogatorio daba visos de prolongarse hasta la tarde si yo no lo hubiera tenido que dar por concluido porque me esperaban para almorzar.  

Algunos se me acercaron a confiarme sus preocupaciones y aspiraciones. Uno está resuelto a ser organista, pero no encuentra un órgano en que practicar en Cochabamba. Otra se dedica con pasión al violín, pero no tiene un instrumento adecuado ni manera de conseguirlo. Otro, de los más pequeños, quiere que yo le oiga tocar y le dé mi opinión. Otra termina el colegio pronto y sabe que quiere estudiar música pero el Conservatorio de La Paz, que el centro más próximo de educación superior, no le inspira confianza. 
El denominador común de esas inquietudes se cifra en dos cosas: amo la música, pero aquí no tengo lo que me hace falta. Ellos no lo dicen, pero yo sé – y espero que ellos también – que detrás de esa insatisfacción se esconde una bendición: la de ser parte del Instituto Laredo, de haber descubierto la música, de poder expresarse con ella, de haber experimentado la plenitud de estar unidos en una comunidad artística y social.
La frase del texto litúrgico que más énfasis recibe en la Misa de Corpus Christi es Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam, es decir “te damos gracias por tu inmensa gloria”. La palabra más repetida es gratias. La repetía en 1977 en La Paz, por el amor, la música, la libertad, las esperanzas y el futuro. La repito ahora en mi corazón, una y mil veces, por esos diez días de plenitud en Cochabamba, por esa gente maravillosa que participó y ese público que respondió, y por el sueño hecho realidad de que mi música se oiga en mi suelo natal, y que tenga la resonancia de algo importante y algo propio.   

12 September 2010

Misa de Corpus Christi


Esta obra fue escrita en 1977 y 1978. Su estreno fue el 20 de junio de 1978 en el Teatro Municipal de La Paz, a cargo del coro Niños Cantores del Valle, la Sociedad Coral Boliviana y la Orquesta Sinfónica Nacional de Bolivia, bajo la dirección del entonces veinteañero compositor. El solista fue un miembro de la Sociedad Coral, David Campuzano. Hubo tres presentaciones en días consecutivos, la tercera en la Iglesia de San Pedro.


En septiembre del mismo año, la Misa se presentó en el Teatro Municipal de Tucumán, Argentina, como parte del Septiembre Musical Tucumano. El coro mixto fue la misma Sociedad Coral, que aguantó un viaje largo y polvoriento por los caminos del Altiplano boliviano y el norte argentino. Los niños fueron los del Coro de Enseñanza Básica de la Provincia, y la orquesta fue la Orquesta Universitaria de Tucumán, con refuerzos de la Sinfónica de Bolivia, todos dirigidos por Mario Perusso, quien era entonces director titular de la Sinfónica de La Paz. En todas estas presentaciones la Misa fue recibida con gran entusiasmo del público, los intérpretes y la prensa. La única nota discordante fue una crítica demoledora del Grupo Aleatorio, publicada en Presencia de La Paz. Fuentes fidedignas me revelaron confidencialmente que los dos conciertos en el Teatro Municipal fueron los de mayor recaudación en todo el año 1978.

¿Por qué hablar ahora de esta obra de juventud, presentada hace treinta y dos años y después nunca más? Porque en el tiempo transcurrido han acontecido varias cosas en relación con la Misa de Corpus Christi.

En 1992, aplicando una autocrítica astringente, resolví conservar solamente las obras que pasaran un examen riguroso de calidad y realización técnica. Como resultado, puse en el basurero casi todas las partituras que había escrito antes de 1984. De la Misa de Corpus Christi se salvó sólo el Sanctus. Con el paso de los años he lamentado esta acción, sobre todo al pensar en algunas piezas, hoy irrecuperables, que ahora se insinúan en la memoria con algún valor y originalidad. Una sonata para violín y guitarra, por ejemplo, quisiera haberla oído antes de destruirla. En cuanto a la Misa, la he re-evaluado muchas veces en la memoria, y he llegado a la conclusión de que fue injusto desecharla. Recordando que había sido mi obra de tesis para egresar del Taller de Música de la Universidad Católica, en un viaje a La Paz en 2002 obtuve en préstamo la copia conservada en los archivos universitarios, con la promesa de devolver una partitura confeccionada profesionalmente, ya que la existente era un manuscrito a lápiz.

Gracias a esta partitura prestada revivía para mí una obra que había dado por perdida, que ahora, en un contexto más largo, representaba el momento cimero de mi trabajo en Bolivia antes de mi salida del país. Por eso me resulta inexplicable este hecho: cuando quise ponerme a elaborar la partitura en limpio que había ofrecido a la UCB, no pude encontrar la partitura que me había prestado.

Antes de la popularización de los sistemas computarizados de notación, el objeto físico de la partitura tenía un valor irreemplazable. Mis partituras eran tal vez mis posesiones más preciadas, y ésta, que había echado de menos por diez años y que una vez recuperada ni siquiera era mía en lo material, era sin lugar a dudas un artículo valiosísimo. Era inexplicable que lo hubiera perdido.   

Cuando, unos años después, el director de orquesta cochabambino Augusto Guzmán me propuso presentar la Misa de Corpus Christi en Cochabamba, emprendí otra búsqueda por todos los lugares imaginables en mi casa y en mi oficina, pero sin éxito. Tuve que resignarme a pensar que había perdido por segunda vez la misma obra.

Me quedaba por lo menos una grabación casera, en cassette, del concierto en Tucumán, única prueba tangible de la existencia de mi Misa. Con el hábito celoso de muchos años, guardo todas las grabaciones de mi música juntas en un mismo lugar, y nunca presto originales; son demasiado preciosos para desprenderse de ellos. ¿Cómo explicar, entonces, el que este cassette también, éste sí, último sobreviviente de una serie de desapariciones, haya desaparecido? ¿Qué clase de conspiración era ésta? ¿Una rebelión concertada de los objetos inanimados para demostrarme que la Misa estaba, a fin de cuentas, destinada a desaparecer?

Con la propuesta de Augusto, la Misa y su ausencia adquirían otro tinte, podríamos decir, más social. Tres décadas atrás, Augusto era un niño de primaria, y como tal participó en el estreno de la Misa, en su calidad de miembro del Coro de los Niños Cantores del Valle. El que él, ahora director de profesión, me comunicara su aspiración de montar esta obra en Cochabamba, me mostraba el potencial de la Misa como algo ligado a una generación de laredistas como llamamos a los alumnos y exalumnos del Instituto Laredo. Hipotéticamente hablando, si, como Augusto, hubiera otros que también recordaran haber cantado la Misa y que estuvieran deseosos de volver a cantarla, esta vez en el coro adulto, sería posible atribuir a esta obra un valor representativo que antes yo no había considerado. Si el número de estos exalumnos fuera lo suficientemente grande, podría inclusive hablarse de un movimiento generacional,  para el que la Misa de Corpus Christi representa algo digno de ser revivido treinta años más tarde.

Este razonamiento me llevó a un pensamiento envanecedor y al mismo tiempo vergonzoso: que la Misa de Corpus Christi no me pertenecía sólo a mí. Se la debía a otros, no sólo a la Universidad Católica Boliviana sino a ese grupo indeterminado de coristas perseverantes agrupados en torno al Instituto Laredo. Por lo tanto, puesto que había desechado el original, perdido la copia y extraviado la grabación, era imperativo reconstruirla. 

Para la reconstrucción me basé en una copia parcial del Kyrie, el Gloria y el principio del Credo que había iniciado en 1983, y el original del Sanctus que había eludido la destrucción de 1992. Parte del Credo la tuve que reconstruir de memoria. Cuando le tocó el turno al Agnus Dei, estaba ya en posesión de una copia escaneada de la partitura coral, con las líneas vocales sin acompañamiento, que me había facilitado el Instituto Laredo.

La copia parcial de 1983 era un documento poco fiable. La había empezado a mi retorno del Japón, cuando creía haber aprendido mucho de orquestación y tenía nuevas ideas sobre empastes y otras combinaciones tímbricas que me parecían más actualizadas que la versión original. La copia está, pues, llena de retoques y mejoras de criterio dudoso. Al re-escribir el Kyrie y el Gloria en 2010, por supuesto que después de tantos años no tenía un recuerdo fotográfico del original perdido, pero sí suficiente familiaridad residual de la obra que había ensayado y dirigido tres veces para sorprenderme ante detalles que no reconocía. Intenté, pues, restituir lo que creía que había sido mi intención original, aunque consciente de que iba en pos de una visión elusiva.

La copia parcial termina en el Credo, poco antes de la recapitulación temática con las palabras Et in Spiritum SanctumCuando llegué a este punto del trabajo no había recibido aún la copia escaneada de las líneas vocales, de modo que el tercio final del Credo fue necesario reconstruirlo de memoria.

El Agnus Dei siempre me había parecido el más problemático de los cinco movimientos. Uno de los defectos más claramente recordados era la larga introducción instrumental que pretendía representar la decadencia y el caos de la vida contemporánea. Además de la anomalía de tener un pasaje orquestal extenso en una pieza litúrgica, en lo estilístico esta sección difería radicalmente del resto de la Misa, y su orquestación tenía toques experimentales que en 1978 me habrían parecido innovadores, pero pronto sabría que en realidad le ponían fecha a la Misa, y con varias décadas de retraso. Por eso en 2010, al hacer el esfuerzo de rehacer lo hecho largo tiempo atrás, fue un alivio omitir esa sección orquestal.


De principio a fin, el trabajo de reconstrucción me puso en una posición inusitada de actuar como musicólogo de mi propia música. Las décadas de experiencia me han dado una visión muy distinta de lo que vale y lo que no, pero en este proyecto no se trataba de componer como yo ahora, sino de recrear lo que había creado un mozalbete en 1978. Era imposible reemplazar la música, o partes de ella, con música nueva, porque yo ahora no puedo ni quiero componer una obra con esas características. La música de 1978  era un resultado singular de ese momento y de las circunstancias que le dieron vida. Cualquier intento de reemplazar pasajes imperfectos con otros que concuerden con el estilo de entonces habría sido un pastiche deshonesto. Mi misión, pues, era otra: era copiar lo más fielmente posible la imagen que me mostraban, en primer lugar, la memoria, y, en segundo lugar, las piezas de rompecabezas con las que contaba.

Al desempeñar ese trabajo, experimenté una resistencia interior invencible hacia ciertos acordes y ciertas combinaciones orquestales. Los conozco bien y sé que no funcionan a mi gusto. ¿Qué hacer con ellos? Los paladines del rigor me dirán que habría sido lo más honrado dejarlos como estaban, pero la honradez tiene un límite. Cuando se trata de un producto artístico, las consideraciones primordiales son la calidad y la integridad artísticas. ¿Cómo dejar pasar en una obra propia deslices que a mis alumnos no permito? Cabe recordar que escribí la Misa joven y solo, cuando el Taller de Música se había disuelto y ya no había tuición para nadie. Frente a esta oportunidad de rehacer una obra de juventud ahora que sé diferenciar entre la frescura juvenil, la audacia y la torpeza, sería artísticamente deshonesto dejar pasar la tercera de esas tres características junto con la primera y la segunda: he corregido, pues, acordes y transiciones, y he simplificado orquestaciones que me han parecido demasiado torpes para dejar pasar.

En resumen, la obra que se presentará en Cochabamba el 28 y 29 de octubre es una reconstrucción de la Misa de Corpus Christi de 1978, pero con diferencias importantes. Hay secciones que no pueden ser idénticas porque las he rehecho de memoria. Otras las he mantenido prácticamente intactas, como el Kyrie y el Sanctus en su totalidad, no porque me parezcan perfectos sino porque su estética me resulta ahora demasiado ajena para interferir con ella. El Agnus Dei contiene los cambios más drásticos, forzados por la necesidad de recrear el material orquestal perdido.

Recuerdo un artículo escrito en 1978 por el siempre solidario Ramón Rocha Monroy y publicado en Opinión, bajo un título parecido a “¿Cuándo oirá Cochabamba la Misa de Corpus Christi?”.  Si le hubieran dicho que la respuesta era treinta y dos años más tarde, habría parecido una crueldad, y en cierto sentido lo es. Han sido años de olvido, el cual, después de tanto trabajo empeñado por tantas personas, es cruel. En este último año ha sido difícil encontrar el tiempo para rehacer la obra, y los desvelos han sido crueles también. Pero los giros que ha dado la historia tienen su lado hermoso. Ahora el material está en manos de los elencos artísticos cochabambinos. Además del mencionado Augusto Guzmán, están involucrados Bertha Artero Ponce en la preparación del coro mixto, Judith Carmona en la preparación del Coro de Niños, papel que desempeñara con gran solvencia en 1978, e instigando y promoviendo, el inspirado nuevo director del Instituto, Franklin Anaya Georgis. Y por supuesto un grupo considerable de músicos orquestales y coristas de ambos sexos, adultos y niños.  Veamos cómo les va. 
 

 
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